-En un barril dos días sin comer, pensó. Venía el vendaval, éramos cuatro hermanos, y para que no me llevara la tormenta, me metieron en un barril. Luego se olvidaron de mí. A los dos días, me encontraron.
Yo la miraba con cautela. Fortunata Ayala me asustaba. Había algo demasiado familiar en ella. Demasiado cercano. A fin de cuentas , había ido allí para hacer una entrevista de ambiente, quedar bien con el periódico, salir de allí lo más pronto posible. De Nueva Esperanza. Barriada llena de puntos y de gallinas, de ranchones convertidos en casitas de cemento a medio construir, de cocineras llenas de hijos.
-Pero cómo es posible que una madre dejara a una hija dos días perdida y que luego se diera cuenta?
-Mi madre se olvidaba de mí cada vez que podía. Además, a mí siempre me han perseguido las tormentas.
Tuna me contó cómo, a los cuatro años llegó otra tormenta a Punta Salinas. Esta vez sus hermanos corrían para refugiarse en una casa de cemento que los dueños ahbían abierto. El vendaval era fuerte. Casi cuadno llegaban, al Tobías el hermano, se le zafó Tunita de la mano. Una viento se la llevó en volandas. La encontraron a los cuatro días debajo de unas pencas de palma, resguardada de la lluvia y del frío, tomando agua de unos cocos que le cayeron cerca, y que , por suerte, se rompieron.
-Eso fue cuando vivía en Punta Salinas, después que nos expropiaron, nos vinimos para acá.
Yo la miro con desconfianza. Dos días sin comer metida en un barril a los dos años, a los cuatro, cuatro días son comer, debajo de unas pencas de palma. Miro las manos profundamente negras de Fortunata Ayala. De las muñecas le cuelgan seis pulsos de plata, uno con adornos colgantes blancos con puntos azules en el centro. Parece una pulsera para espantar el mal de ojo. Es flaca, con la boca grande y la sonrisa tímida de las mujeres a quienes les hay hecho creer que son feas. Ese rictus que ví tantas veces en mi madre cuando se reía, ese taparse la boca co la mano y no sostener la mirada de quien se rie contigo. El pelo es corto y peinado hacia atrás, pocas canas. Tiene muchos años, sin embargo en la cara no hay arrugas. Tersa cara negra, la sombra por donde no pasan los años. Así es su piel. Apuesto a que es fría. Acogedora.
Fortunata huele a polvos maja, a jabones muy tenues, a limpio. Me mira desde sus espejuelos de borde de metal. Espera paciente la próxima pregunta.
-Y desde cuándo vive en Nueva Esperanza?
- Desde que me casé con Jorge. Tenía 14 años.
Once hijos, un marido que la maltrataba, no con cantazos, sino con ausencias. Con irse viernes y llegar lunes. Con echarse todo el salario al bolsillo. Entonces fue lo del cuchillo. Para eso vine, para hacerle la entrevista del cuchillo. Para realizar un reportaje de ambiente acerca de las condiciones de vida de las mujeres que viven en Nueva Esperanza. De la mujer que se enfrentó a la miseria y que ganó. Que crió a 8 profesionales, una monja, un contratista, vendiendo pasteles, dulce de coco, lavando. Pero que un buen día, compró un cuhillo y amenazó al esposo. "Me cansé de tanto abuso" le dijo "sI T´U VUELVES A PORTARTE MAL CONMIGO, LO VAS A LAMENTAR" LE DIJO.
El esposo se encarriló y todavía viven juntos. En cuartos separados, pero juntos. Y, según el cura de Nueva Esperanza, son un ejemplo para el barrio. Típica historia de ambiente para la sección de "Comunidad".
Tuna vuelve a sonreir tapándose la boa, desviando la miraba. Esperando. Ella espera. De repente se me aguanta el pecho.
-¿Doña Tuna? cuántos años usted tiene?
-74 años
- Usted ha sobrevivido a mucho.
Yo lo que quiero es que mis hijos sean alguien. Como yo nunca fui nadie.
-¿Cómo va usted a decir eso?
Otra sonrisa de Tuna. Ahora es ella la que pregunta.
-¿Cuántos años teine usted?
-43
-Su mamá debe tener mi edad.
-Ella murió hace 6 años.
-Mis condolencias
-Y se parecía a usted, sobretodo cuando se reía.
Fortunata Ayala sonríe, esta vez mirándome a los ojos.
-Pero ella no sacó el cuchillo.
Fortunata me toca las manos. La mano mía en el papel con notas. La mano de ella envuelta en sus pulseras de plata. Rugosa, olorosa a jabones, a limpio, llena de callosidades. Me toca la mano levemente y em responde
-Es que no ser nadie, cansa.
viernes, 27 de febrero de 2009
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