martes, 3 de marzo de 2009

MEMORIAS-MINERVA


Minerva es una de nuestras talleristas más adelantadas. He aquí un trozo de sus "Memorias de Aibonito".

Yo nací en Nueva York, así que cada oportunidad de venir a Puerto Rico era para mí una aventura. Todo tan diferente, las casas acá eran pequeñas, pintadas de colores vívidos. Las calles estaban limpias y todo era verde alrededor. La gente caminaba tranquilamente, sin esa prisa que identifica a los neoyorquinos. Yo recién había cumplido los once años. Atrás quedó la nieve y el frio ! Estaba en la gloria ¡ En el Puerto Rico de 1957, tan diferente al de hoy día.

Vinimos a vivir en Aibonito,! Qué hermoso pueblo ¡ La casa donde vinimos a vivir estaba en un terreno de dos cuerdas, hecha de un cartón que estaba embreado por un lado y tenía unas piedrecitas verdes al otro. ¡Se podía entrar a la casa simplemente haciéndole un hueco con un cuchillo! Las ventanas eran tablas unidas y se mantenían cerradas con una tranca. Había solamente un cuarto donde las dos áreas de dormir estaban separadas por una cortina. Al frente del “dormitorio” quedaba la cocina. No teníamos electricidad, nos alumbrábamos con quinqué y se cocinaba con querosén en una estufa de dos hornillas. El fregadero quedaba fuera de la ventana y el agua de fregar corría cuesta bajo. ¡Todo era perfecto!

Me recuerdo que por las mañanas, Mami me mandaba con veinticinco centavos a la tiendita de Don Estanislao. El encargo era dos centavos de pan con mantequilla, cinco centavos de café, cuatro huevos y una latita de leche Pet. ¡Lo delicioso que sabían esos desayunos!

Había que bajar a la joya a buscar agua para cocinar y bañarse. Mi hermana Martha rápidamente perfeccionó el arte de cargar agua sobre su cabeza. Se ponía un “toto” sobre la coronilla y ahí cargaba la lata de agua. Su balance era bueno y subía la jalda sin derramar el agua. Yo nunca pude dominar ese trabajo. Siempre he sufrido de migrañas y ¡ eso de yo tener que cargar algo sobre la cabeza, ni soñarlo! Yo cargaba, o intentaba cargar la lata sobre la cadera, pero el meneo con el que caminaba hacía que llegara jalda arriba con menos de un cuarto del preciado líquido. Llegaba empapada, llena de lodo, pero feliz.

La joya era un lugar de paz y felicidad. De camino, recogía y me comía las fresas salvajes, las guayabas y los mangós que encontraba. Ese era uno de los pocos lugares donde iba a estar sola cuando Mami estaba de mal humor. Allí me escondía. Me acostaba en el agua cristalina y fresca, cerraba los ojos, y esa corriente de agua y su murmullo sobre las piedras me tranquilizaban. Lavar ropa era como un juego. Una cogía la pieza, le echaba jabón y luego le daba contra las piedras suavemente. Si tenía alguna mancha, uno la ponía sobre las piedras a que el sol la blanqueara. Se enjuagaba en la corriente y se tendía sobre las matas a secar, de lo que encargaba la brisa calientita.

Mami y Papi trabajaban en un campo recogiendo y cosiendo las hojas de tabaco. Cuando lo permitían íbamos con ellos. El rancho donde se secaban las hojas ya cosidas tenía un techo altísimo donde se colgaban las hojas. El olor era embriagante.

En el terreno donde vivíamos se sembró maíz, habichuelas, papa, batata, calabaza, guineo y plátano. Más retirado de la casa, también se sembró tabaco.

Teníamos un par de gallinas y patos, una cabrita y un cerdito. Cuando se salían de su jaula ,se encargaban de destruir todo lo sembrado. Nunca se pudo comer una gallina criada en casa porque mi hermana y yo nos poníamos a llorar. Se desperdiciaba muy poco. Al mondar las viandas, las cáscaras eran para el cerdito , el poco arroz que sobraba era para las gallinas y patos. La cabrita se encargaba de comerse cualquier bejuco que encontrara, cuando no se estaba comiendo lo sembrado. No había mucho para desperdiciar. Algunas veces la cena de por la tarde era funche, y en otras, sopas de pan. Por las noches se preparaba horchata de ajonjolí ! Qué delicioso ¡

Durante el día, por la ventana se asomaba un cielo azul, montes y muchos árboles. Las casas que se veían, no muy cerca, estaban rodeadas de flores y árboles frutales. Los vecinos ponían lo que no iban a usar; frutas y verduras que les sobraban, en cajas frente a sus casas para el que pasara y lo necesitara, pudiera coger algo. Nunca se abusaba de ese privilegio. Se tomaba solamente lo que se necesitaba.

Por la noche, por aquella ventanita de trancas, se veían millones de estrellas. De las casas se veían la iluminación tenue de una vela o un quinqué. Los más afortunados tenían electricidad y allí se reunían los jóvenes a ver televisión. Las señoras esperaban a media tarde para poder ver su novela.

Los cucubanos parecían miles de diamantitos brillando bajo la luz de la luna. Se escuchaba alguna risa de un vecino o tal vez el ladrido de un perro, pero el concierto estaba a cargo de los coquíes que se esmeraban en hacerse sentir.


En el próximo solar vivía Doña Isabel, había que bajar la jalda con cuidado de no caerse porque no había un camino. Dona Isabel tenia nueve hijos, la mayor era Isabelita de nueve años y el menor Ricardito de seis meses. Tuvo dos barrigas de guares, los primeros de seis años y los otros de dos. Isabelita era la niñera oficial. Estaba todo el día atendiendo a sus hermanitos, cambiando pañales y velando que no se hicieran daño. Los pañales eran de tela y se sujetaban con dos imperdibles grandes. Doña Isabel preparaba una olla de verduras para los nenes y el resto del día era para ir a la joya a buscar agua para poder cocinar, lavar y bañarse. Isabelita la ayudaba en todo. Jamás vi a Don Eulalio darle una mano en algo. Doña Isabel le daba el pecho a Ricardito y a los guares más pequeños. Pegarse los nenes para amamantarlos era algo normal y común. Las mujeres lo hacían en cualquier lugar. Me sorprendí muchísimo cuando supe que Doña Isabel tenía solamente veinticinco años, parecían una anciana. Se había casado a los catorce años y tuvo su primera hija a los quince. Durante el día, Ricardito dormía en el coy en el balcón. Me encantaba ir y atenderlo. Si me permitían, yo le daba su comida, lo bañaba y cambiaba. Luego lo dormía meciéndolo.

Mi hermana y yo íbamos a la escuelita del barrio, estábamos en el quinto grado. La escuelita era un cuarto largo y todos los grados estaban juntos, del primero al quinto. Los grados estaban agrupados por fila, en total habíamos veintisiete estudiantes en los cinco grados. La maestra comenzaba con los del quinto grado asignándoles una lectura, los libros se tenían que compartir, a veces hasta por tres. Así continuaba hasta terminar con los de primero para luego volver a los de quinto. El salón estaba techado por zinc y cuando se ponía demasiado caliente, los murciélagos que se habían refugiados en el techo comenzaban a caer y luego a volar por el salón ¡Como estaba el grito! Los días en que llovía fuertemente había que cerrar las ventanas para que no entrara el agua, y el salón se quedaba a obscuras ¡Más gritos!

Como en todo paraíso, había algo que no nos gustaba, ¡LAS LETRINAS ¡ De noche se podía usar la escupidera que no podía faltar bajo la cama, pero durante el día no. Mi hermana y yo siempre bajábamos juntas a la letrina, y nos esperábamos. Teníamos temor de caer en ese roto, que algo nos tragara o que algún animal saliera de llí. Eran momentos de espanto para ambas, y salíamos corriendo jalda arriba como si algo nos persiguiera.


Luego de diez meses de vivir en paraíso, mis padres decidieron volver a Nueva York. Vendieron la casa y todo lo que tenían. Yo no quería regresar. Le decía a mami y papi que me dejaran con Doña Isabel, pero sabía que nunca me lo permitirían. Y así regrese a los edificios altos, todos del mismo color, a la gente con prisa, basura y nieve en las calles.

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